Nace el sistema.

“La formación de los sistemas estelares”

Compilado por Manlio E. Wydler (º)

La historia del nacimiento de nuestro sistema solar está desgastada de tanto contarla. Comienza hace miles de millones de años, con una nube negra de gas y polvo que gira lentamente. La nube colapsa sobre sí misma y, en su centro, se forma el Sol. Con el tiempo, a partir de los restos de gas y de los escombros que se arremolinan alrededor de nuestra estrella, surgen los planetas, los satélites, asteroides, cometas, etc. Nuestro sistema planetario lleva desde entonces rotando alrededor de sí mismo a través del espacio, con movimientos tan precisos y predecibles como los de un reloj.

En los últimos años, los astrónomos hemos atisbado indicios sutiles que desmienten ese conocido relato. En comparación con la estructura de los miles de sistemas planetarios descubiertos en los últimos años, las características más notables del sistema solar —sus mundos rocosos interiores, sus gigantes gaseosos exteriores y la ausencia de planetas entre Mercurio y el Sol— se antojan, en realidad, bastante anómalas. Al revertir el tiempo en las simulaciones por ordenador, estamos descubriendo que estas peculiaridades se deben a una juventud conflictiva. La nueva versión de la historia del sistema solar incluye mucho más drama y caos de lo que la mayoría habría imaginado.

Una nueva crónica habla de planetas errantes expulsados de sus lugares de nacimiento, de mundos perdidos que hace eones fueron arrastrados a una abrasadora destrucción en el Sol, y de gigantes solitarios arrojados a las frías profundidades del espacio interestelar cercano. Mediante el estudio de estos acontecimientos remotos y de las huellas que podrían haber dejado (tales como el Planeta X, un hipotético objeto propuesto recientemente que quizá se esconda más allá de Plutón), estamos definiendo una imagen coherente tanto de los orígenes del sistema solar como de su contexto cósmico

Los planetas constituyen un subproducto de la formación estelar. Esta se produce en el seno de enormes nubes moleculares con masas de hasta 10.000 veces la del Sol. Algunas de las regiones centrales más densas pueden acabar aglomerándose sobre sí mismas, en un proceso que engendra una brillante protoestrella central rodeada por un anillo de gas y polvo, extenso y opaco, que recibe el nombre de disco protoplanetario.

Durante décadas, los teóricos han recurrido al disco protoplanetario del Sol para explicar una de las características más distintivas de nuestro sistema solar: una prole dividida espacialmente en planetas rocosos y gaseosos. Hay cuatro mundos rocosos confinados entre la órbita de Mercurio, con un período de 88 días, y la de Marte, de 687 días. En cambio, los planetas gigantes y ricos en gas ocupan órbitas mucho más lejanas, con períodos de entre 12 y 165 años, y su masa conjunta supera en más de 150 veces a la de los planetas terrestres, luego tenemos los planetas helados hasta la heliopausa.

Se cree que los diferentes tipos de planetas se gestaron a partir de un proceso universal: las partículas de polvo que giraban en el turbulento disco fueron chocando y uniéndose unas con otras hasta formar planetesimales, objetos con un tamaño característico del orden del kilómetro; algo parecido a la manera en que las corrientes de aire y las fuerzas electrostáticas forman bolas de polvo en el suelo sin barrer de una cocina. Los planetesimales más grandes ejercían una mayor atracción gravitatoria, por lo que siguieron atrapando los restos que poblaban sus órbitas. En torno a un millón de años después del colapso de la nube, el disco protoplanetario del sistema solar —como cualquier otro del universo— estaba repleto de embriones planetarios del tamaño de la Luna.

La mejor explicación para la peculiar arquitectura del sistema solar es que los planetas gigantes sufrieron una prolongada serie de migraciones orbitales e inestabilidades dinámicas hace miles de millones de años. Esos sucesos tumultuosos podrían haber arrojado planetas enteros al Sol o al espacio interestelar.

(º) Ingeniero, Presidente de FAPLEV, Vecino Solidario 2001. 

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